Ayer, día del amor y la amistad, me enteré que se casa un ex-novio mío.
Y me dio gusto saberlo, en serio, porque se ve que se va a casar con alguien que ama verdaderamente, que le corresponde y que comparte con él muchos de sus gustos y aficiones. Además él es alguien a quien aprecio mucho y que creo que se merece lo mejor del mundo.
Seguramente a estas alturas, mis lectores imaginarios pensarán: "Ajá, lo que pasa es que todavía lo ama y todo eso que está diciendo es pura racionalización". Pues no, hasta eso que no.
Yo tengo también una persona a mi lado a quien amo profundamente, que me corresponde con creces y con quien comparto no mis aficiones, sino mi vida. Pero aún así algo pasó en mi con la noticia.
Dice Neruda "es tan corto el amor, y es tan largo el olvido". Y tiene razón, caray. Aunque sea sólo por la nostalgia del tiempo perdido, de los años perdidos, de la adolescencia perdida, de la amistad perdida...
Sí, de la amistad, porque él y yo más que novios fuimos amigos, antes, durante y después de la relación amorosa, por lo menos por un tiempo.
Aún después de haber terminado, nos seguíamos frecuentando, hablando, chismeando de nuestras vidas. Yo solía decir que éramos "amigos naturales", más que "pareja natural". Y eso me daba un inmenso gusto.
Pero después, por circunstancias diversas (y porque yo puedo ser una perra infeliz desgraciada a veces), la comunicación se cortó casi totalmente. No al grado de evitarnos si nos encontrábamos en alguna reunión o en la calle, pero definitivamente dejamos de ser amigos, amigos.
Y creo que enterarme de que se casa y que yo no sabía siquiera que tenia novia, me confirmó que ya no estamos ahí, que ya no estoy ahí. Y me dolió mucho, mucho.
Pero ahí no acabó mi triste día. Cuando se me vinieron todos esos sentimientos encima, sentí la necesidad de compartirlo con alguien, de hacer catársis, vamos. Casi literalmente volteé a mi alrededor y nadie, ¡nadie!
Ni modo que le contara a mi marido, ¿verdad? Por más comprensivo que sea el hombre supongo que algunas suspicacias le hubieran entrado. A mi familia tampoco, porque también podrían mirarme como de reojo.
Y no era algo que quería contarle a mis amigas, porque también me daba culpa de esos sentimientos y esos pensamientos, culpa de la necesidad que estaba sintiendo cada vez más apremiante de saberlo todo de ella, de él, de los dos. No fueran a pensar que estoy mal, muy mal, porque a lo mejor y es cierto.
Y me sentí sola, porque con los amigos de "a deveras" se supone que una no se anda con esas cosas, ¿verdad? Porque para eso están los amigos, para apoyarte y entenderte aún en tus crisis más locas, en tus ideas más extremas, en tus sentimientos más oscuros.
Entonces, no sólo me entero que un ex-novio se casa y confirmo que uno mis mejores amigos de adolescencia de plano ya me borró de su vida, sino además descubro que no tengo amigos "de adeveras", me carga la...
Y todo en el maldito día del amor y la amistad.
