lunes, mayo 23, 2005

Fumar para olvidar

Yo nunca he fumado. Nunca se me antojó. En realidad, hasta náuseas me da el olor a humo de cigarro. Me molestan los que fuman en los camiones, en el cine o en cualquier otro lugar cerrado. Me fastidian los que me echan el humo de cigarro en la cara sin consideración. Para mí, en la conducta de fumar se aplica perfecto eso de: “tu libertad termina donde comienza la de los demás”. Y hasta eso que no soy de las que anda sermoneando, porque también sé que si salgo con mis amigas las “chacuacas” (o sea, las fumadoras), nos vamos a ir a la zona de fumar y (procuro) no hacerla de tos.

Por eso creo que estoy muy mal, porque desde hace un par de semanas que me pasa por la mente la idea de fumar. Es el agobio, es el estrés. Y es que veo a los viciosos del tabaco tan a gusto y quitados de la pena echándose un humito que se me antoja vivir esa sensación, esos cinco minutos de paz y placer que parecen tener.

No lo voy a hacer. Soy demasiado “noña”. Conozco los efectos del cigarro. Además sé que la “sensación de paz” es una ilusión y que en todo caso tengo que resolver el problema subyacente. Pero ¡caray! qué ganas de que de veras todo se resolviera con un cigarrito.