Mi madre es realmente maravillosa. Es una mujer inteligente, amorosa, comprensiva, llena de energía. Nos dio siempre a mis hermanas y a mí todo el tiempo y dedicación que le fue posible.
Mi madre estudió enfermería y trabajó durante varios años en el Centro Médico de la ciudad de México (ese que se cayó durante el terremoto de 1985). Ahí conoció a mi padre, médico y se casó a la edad de 25 años. Al año de matrimonio nací yo y mi madre dejó de trabajar para dedicarse completamente al hogar.
A ella como que siempre le pesó haber abandonado su profesión. Dice de repente que ella hubiera llegado a ser jefa de enfermeras y no lo dudo, porque las veces que le ha dado por liderar algo (aunque sea a las mamás en el festival de la escuela) siempre ha tenido mucho éxito. Pero asumió el papel tradicional de las madres latinoamericanas de los años 70 y se quedó a hacer hogar y criar hijas, con toda la dedicación de que era capaz.
Mi madre ha estado siempre ahí si uno quiere preguntarle cosas, aunque no te las pueda responder. No dudaba en saltar al auto y salir a buscar una olla de barro cuando a cualquiera de nosotras se nos ocurría poner un altar de muertos. Nos hacía de comer lo que más nos gustaba. Nos cosía los disfraces del kinder, los uniformes de la primaria. Nos veló los sueños y sufrió con nosotras los golpes de la vida, pero dejándonos ser. Sí, yo tuve, tengo y (espero) tendré MADRE con mayúsculas.
Paradójicamente, creo que esa es una de las razones por las que le saco tanto a tener hijos. Recuerdo esa frase que dice algo así como: “A los hijos hay que darles por lo menos lo que te dieron a ti”. Y yo realmente quisiera ser con mis hijos como mi madre fue conmigo. Pero yo no quiero dejar de trabajar. No sé si tengo tanta energía como ella. Además, en lugar de heredar su carácter tolerante y apacible, salí a mi padre, neurótica y obsesiva.
La esperanza que me queda es que se cumpla la teoría de que una repite modelos. Y el que yo tengo es de primera.
