Cuando era joven (o más joven, pues), si alguien me preguntaba qué pensaba hacer en mi cumpleaños yo respondía “sentarme en el sillón”, pues mi actividad favorita era esperar a que llamaran por teléfono, a que me visitaran, a que me llevaran regalos. Y afortunadamente mi espera no fue en vano durante un buen tiempo.
Luego las cosas comenzaron a cambiar, obviamente. Mis amigos, amigas y yo crecimos, terminamos la carrera, algunos comenzaron posgrados fuera de la ciudad de origen (incluso en el extranjero), otros se casaron o comenzaron a trabajar. Las cosas se empezaron a poner más complicadas, digamos.
Desde hace varios años, ya no puedo “sentarme en el sillón” tan fácilmente. No por la ciática de la vejez (je, je), sino por otras ocupaciones que me lo impiden. Mi propio posgrado, el trabajo, el matrimonio. Además, lo más probable es que, aunque me sentara, me aburriría miserablemente ya que mis amigos no pueden visitarme (la mayoría vive fuera de la ciudad o trabaja todo el día) y, por sus ocupaciones, con frecuencia se les pasa mi cumpleaños y lo recuerdan uno o dos días después.
Otra cosa que ha cambiado de mi cumpleaños es, digámoslo así, la “individualidad” del mismo. Yo cumplo años este mes. Muy pocos en mi familia cumple años este mes así que “julio” era casi para mí. Pero en mi familia política, resulta que hay dos sobrinos que cumplen años los dos días siguientes al mío. Eso conlleva ciertas desventajas. Por ejemplo, si mi cumpleaños cae el viernes – como este año – y yo no puedo celebrar (por las razones señaladas anteriormente), ya me fregué. Porque el sábado definitivamente ya no es MI cumpleaños, sino el de la pequeña DG. Y el domingo menos, porque ese día es el cumpleaños del recién quinceañero L. Game over.
Finalmente, aunque ya lo señalé, quisiera volver sobre el tema de las ocupaciones, ya que en este año en particular han sido muy negativas. Vaya, hasta a mí se me olvidó mi cumpleaños (o casi). El mero día tuve que ir a un foro sobre ciencia y tecnología en León y mi compañero de viaje me abandonó a la hora de la comida y no volvió. O sea que comí sola y rodeada de un montón de gente desconocida. Era viernes, como ya dije, y el sábado y domingo que regresé pues ya no era mi cumpleaños. Durante los días siguientes hubo varios intentos fallidos de celebrarme. Unos tacos sorpresa que me organizaron mis compañeros, que resultaron ser sorpresa para ellos porque nunca llegué por andar en juntas. Un pastel que me mandó hacer una amiga para una convivencia, el cual tuvo que ser enviado a mi casa porque yo tenía que organizar una comida para mi suegro visitante de los E.U. Y todos los días una carga de trabajo espantosa, terrible, agobiante, que no me ha permitido ni siquiera entrar al internet para relajarme checando mails y blogs. Horrible, horrible.
De repente se me ocurre si no habrá sido un auto-boicot para no deprimirme – por primera vez – en mi cumpleaños. Porque 31 años pesan. La juventud ha quedado atrás. Pero no, la verdad soy feliz de crecer, aunque a veces eso implique decrecer. Y aunque sea tarde quiero celebrar mi cumpleaños. Hagamos de cuenta que hoy es 1 de julio y partamos un pastel de plátano con chocolate, no sin antes haber comido una botana y bebido un par de cervecitas. Vale la pena.
