Migue fue mi primer novio. Teníamos 16 años. Para mi fue una relación muy, muy bonita. Tranquila, amorosa, fructífera. Yo siempre he dicho que no pude haber tenido mejor primer novio que Migue. Lo sigo sosteniendo.
Tal vez si hubiéramos sido más grandes, la relación hubiera prosperado. Pero teníamos 16 años. A los 2 años y medio, Migue me dijo que no estaba seguro de quererme y que quería conocer a otras personas. Yo no me resistí. Lloré, por supuesto, porque me dolió mucho, pero no quería obligarlo a estar conmigo. Sólo le hice un reclamo y una petición.
El reclamo fue más bien una aclaración. Si alguna vez él “descubría” que sí me quería, tenía que tener claro que yo no necesariamente estaría ahí. Después le pedí que siguiéramos siendo amigos. Ese fue mi primer gran error.
Yo en ese momento creía, contra el vox populi, que los exnovios sí podían ser amigos. En realidad, todavía lo creo; pero me parece que, para que eso ocurra, debe existir un periodo de “duelo”, digámoslo así, de separación, en el que los sentimientos se apacigüen.
Migue y yo no tuvimos ese tiempo de duelo. Seguimos saliendo juntos: a desayunar, al cine, con nuestro grupo común de amigos. Él tuvo otras novias, yo tuve otros novios. Platicábamos mucho. Después de un par de años yo llegué a la conclusión de que tal vez no estábamos hechos el uno para el otro, no éramos “pareja natural”, pero sí “amigos naturales”. Ser amigos era muy fácil. O eso creía yo.
La verdad es que, aunque nuestra ruptura fue muy clara, sin ese tiempo de duelo hubo algo que no se cerró. Nuestra relación de amistad parecía ser muy transparente, pero siempre hubo un coqueteo “inocente” y subyacente que contaminó nuestra relación.
Tras 7 años de nuestra ruptura (casi 10 años después de habernos conocido), yo ya era novia de mi ahora marido. La idea del matrimonio ya había aparecido. A mí me rondaba por la cabeza esa idea inquieta y malsana de “¡no voy a conocer a nadie más!”. Y el Migue estaba ahí.
Nuestro coqueteo epistolar se hizo más explícito hasta el punto de llegar a hacer “una cita”. Sí, una cita. “Mejor resolver la duda soltera que aguardarla de casada”, me dije.
El asunto fue que un día antes me llegó una “señal”. Un compañero mío de la maestría, con el que trabajábamos en algunos proyectos, me invitó a desayunar. Ahí me dijo que pensaba mucho en mí y trató de insinuárseme. El era (es) 20 años mayor que yo, está casado y tiene hijos. Yo me enojé muchísimo y me salí muy indignada del lugar. Pero cuando llegué a mi casa pensé que yo estaba a punto de hacer lo mismo.
Así que cuando Migue llegó, yo traté de explicarle la situación. Le dije que no era que no me atrajera, pero que lo nuestro ya había pasado y no podía estropear lo que tenía en ese momento. Él, por supuesto, se ofendió y mucho. En ese momento (y sólo en ESE momento) me enteré que nuestro coqueteo “inocente” no lo había sido tanto para él. Me dijo que no sabía si algún día podría perdonarme. Estaba hablando en serio.
Diez años de relación, siete de amistad, se rompieron en un instante. Nos seguimos viendo debido a nuestro grupo común de amigos con los que aún nos reunimos por lo menos una vez al año. En esas reuniones, muy civilizadamente, todavía nos saludamos y platicamos. De hecho, varios de ellos aún no se han dado bien a bien cuenta del rompimiento. Pero de ahí en fuera… nada. No me habla, no me escribe, nada. Caí, total y literalmente, de su gracia.
Al principio yo traté de recuperar su amistad. Reconocí mi error, le pedí perdón mil veces, le escribí cien disculpas. Cuando me casé, le hablé para decírselo e invitarlo, si él quería, a la boda. Por supuesto que me dijo que no. Como parecía que en lugar de lograr apaciguar la tormenta, la estaba azuzando decidí, con todo el dolor de mi corazón, dejarlo de intentar. Desde entonces, sólo le escribo unas líneas en su cumpleaños y, a veces, en navidad. Nunca recibo respuesta.
Pensé que, al fin de cuentas, ese tiempo de separación, “de duelo”, incluso de enojo nos hacía falta. Creí que un error, por grave que hubiera sido, no podía borrar 10 años de amistad. Me equivoqué de nuevo.
Han pasado 5 años. Migue se casó hace un par de semanas. Me enteré por nuestros amigos comunes. Por supuesto, no fui invitada a la boda.
No pude evitar enviarle una tarjeta virtual de felicitación de la cual no espero réplica.
Tampoco puedo evitar que todavía me duela.
