Una vez agotadas las fotos del viaje (bueno, más o menos, faltaron como 150), voy a contarles un par de anécdotas, particularmente con referencia a encuentros cercanos del tercer tipo con algunos paisanos.
Como seguramente ustedes saben, sobre todo si son católicos, en agosto de 2005 se llevó a cabo la XX Jornada Mundial de la Juventud en Colonia, Alemania, país natal de Benedicto XVI. Según sé, se trata de un evento muy grande que convoca a jóvenes católicos de 16 a 30 años, de todos los países, para compartir su fe.
Obviamente, siendo México un país eminentemente católico, varios grupos de mexicanos se organizaron para ir allá y aprovecharon para pasearse por algunas ciudades de Europa. En particular, yo tuve contacto cercano con dos grupos durante mi estancia en París. Sin embargo, la experiencia con cada uno fue muy diferente.
El primer grupo estaba hospedado en el mismo hotel que yo. Eran aproximadamente 10 personas, algunas de ellas que ya pasaban de los 30 (a mi que no me cuenten), originarias, en su mayoría de Monterrey. Me los encontré a la hora del "desayuno" (pan con mermelada y café) que ofrecía el hotel, en la primera mañana que estuve en París. Platiqué con un par de ellos, sin hacer grandes migas, la mera verdad.
Bueno, pues al día siguente bajo al desayuno y al pasar por la puerta, antes de los "buenos días", una de ellas me pregunta - ¿Tú hablas francés? - Pues ahí más o menos ¿por qué? - Es que queremos hacernos unos huevos y queremos ver si nos dan permiso (??????).
Explico los signos de interrogación: En la tarifa del hotel supuestamente iba incluido un desayuno que, como expliqué, sólo constaba de pan y café. El "comedor" no era más que mesas con sillas, un refrigerador y una estufita de dos quemadores, en la que calentaban el agua. La persona que atendía era una viejita en bata que sólo hablaba francés y, a veces, estaban un par de muchachos del propio hotel que hablaban francés y un poco de inglés.
La petición que ellos me hacían implicaba: 1) hacer una solicitud fuera de lo normal, que definitivamente el hotel no tenía considerada y 2) hacerlo en francés, lengua de la cual tengo conocimientos muy básicos. Pero yo, muy solidariamente, lo intenté. Por supuesto, me dijeron que no (entre que mi capacidad argumentativa no era muy eficaz en francés y las propias políticas del hotel...). Cuando les dije el resultado de la interacción, lo único que hicieron fue voltearse y ponerse a comer un melón que habían comprado. No me dieron las gracias, no me ofrecieron melón, no me invitaron a sentarme con ellos, nada. Nada. - Si de esos "jóvenes" mexicanos católicos dependiera una... - pensé y salí de ahí muy decepcionada de mi país.
Afortunadamente, durante el transcurso de la tarde tuve una experiencia más positiva. Mientras estaba en Notre Dame, decidí buscar a alguien que me tomara una foto como evidencia de que sí había estado ahí. Detecté a un grupo de jóvenes (esos sí, de entre 19-23 años), hablando español (tapatío), me les acerqué y les pedí el favor. Con mucho gusto me dijeron que sí y luego me preguntaron con quién iba. "Sola". ¡Cóooooomo iba a ser eso! No podían permitir que una compatriota anduviera sola. No, no, no, no, vente con nosotros - me dijeron. Y me adoptaron en serio. No me les podía yo perder tantito porque luego, luego preguntaban "¿Dónde está mi nueva amiga?". Aceptaron mis propuestas de itinerario, me dieron sus tarjetas y, al final, se despidieron de mí como si fuéramos viejos conocidos. Me reconcilié con mi origen.
Creo que al final de cuentas no se trata de si eres mexicano o francés, jóven o viejo, católico o musulmán o agnóstico o budista. Se trata de cortesía, de amabilidad, de gratitud. Sobre todo si te encuentras con alguien que está lejos de su país... como tú.
