Hace casi 10 años que egresé de la carrera. En diciembre. Muchos años...
Tardé prácticamente tres años en titularme de la Licenciatura. Siempre fui una buena estudiante, con excelentes calificaciones, pero mi funcionamiento es como Felipito el de Mafalda. Dejo las cosas hasta el final y luego estoy angustiada porque no hice los deberes. Los hago siempre, al final de cuentas, y bien, hasta eso, pero cuando tengo el agua en el cuello.

Tardé prácticamente tres años en titularme de la Licenciatura. Siempre fui una buena estudiante, con excelentes calificaciones, pero mi funcionamiento es como Felipito el de Mafalda. Dejo las cosas hasta el final y luego estoy angustiada porque no hice los deberes. Los hago siempre, al final de cuentas, y bien, hasta eso, pero cuando tengo el agua en el cuello.

Cuando me titulé de la Licenciatura, a los 24 años, me fui al D.F. para hacer mi maestría. Méndiga maestría, me hizo sufrir un chorronal. Me enfermé de todo, me daban fiebres altísimas. Lloraba por las noches. En parte era el hecho de haberme salido de mi casa y estar sola por primera vez. Pero sobre todo, era la presión.
En mi lugar de origen, era fácil para mi ser la mejor del salón (imagínense a los demás); pero ahí me hicieron sudar sangre. Más de una vez estuve a punto de tirar la toalla. Pero tuve un par de maestros, un par de clases que me hicieron sentir lo que nunca había sentido: emoción. Ruth y su clase sobre trabajo docente eran una maravilla. Mi corazón latía, mis ojos brillaban, mi respiración se agitaba. Como enamorada, pero de la clase. Y de mis compañeros, personas brillantes que me retaron, enseñaron y obligaron a replantear mis estrategias de estudio y mis formas de ver y comprender el mundo. En esos dos años fui mejor persona, al menos intelectualmente.
A los 26 años, en el 2000, terminó esa aventura. Regresé a mi pueblo... me casé... y volví a ser Felipito el de Mafalda. Maldita regresión. Maldita depresión post-matrimonio. Maldita desidia.
Dejé pasar 5 años. Varios intentos de retomar la tesis sin mayores resultados.
A punto de ser llevada al patíbulo, sucede algo desafortunado. Mi asesora de tesis, enferma ya de algún tiempo, fallece. Eso me mueve, me siento culpable, siento que le debo algo. Me armo de valor y voy a la escuela. Me enfrento a las miradas, a los reproches. Pido base (otra oportunidad, pues). Se la piensan. Parece que el espíritu de mi asesora me protege (se acuerdan del pajarito de la ventana?).
Una nueva asesora, con una actitud totalmente escéptica respecto a mi investigación, acepta mi caso. La condición: tiempo completo. ¿Tengo opción? Por supuesto que no. Es eso o la guillotina.
Seis meses de permiso en el trabajo sin goce de sueldo, de inicio. Casi me matan, pero me apoyan. Mi marido acepta el papel de proveedor fundamental. Tal vez venda mi carro. Volveré a vivir en el D.F., al menos por temporadas. No compraré ropa (ni nada) al menos en un año.
Sólo el látigo, la precariedad, la espada sobre mi cabeza me harán reaccionar. Tengo hasta septiembre de 2006 para terminarla. Parece mucho tiempo, pero mi nueva asesora considera que tengo que rehacer muchas cosas. "Te va a costar", me dijo. No lo dudo.
Por eso no escribía, ustedes comprenderán. No sé qué tanto pueda escribir en estas semanas en las que todavía tengo que ir al trabajo y dejar los menos pendientes posibles, pero en las que a la vez tengo ya que proponer nuevas cosas para el proyecto.

Aún así creo que tengo una suerte de miedo. Yo creo que en la otra vida hice algo muy bueno.
A los 26 años, en el 2000, terminó esa aventura. Regresé a mi pueblo... me casé... y volví a ser Felipito el de Mafalda. Maldita regresión. Maldita depresión post-matrimonio. Maldita desidia.
Dejé pasar 5 años. Varios intentos de retomar la tesis sin mayores resultados.
A punto de ser llevada al patíbulo, sucede algo desafortunado. Mi asesora de tesis, enferma ya de algún tiempo, fallece. Eso me mueve, me siento culpable, siento que le debo algo. Me armo de valor y voy a la escuela. Me enfrento a las miradas, a los reproches. Pido base (otra oportunidad, pues). Se la piensan. Parece que el espíritu de mi asesora me protege (se acuerdan del pajarito de la ventana?).
Una nueva asesora, con una actitud totalmente escéptica respecto a mi investigación, acepta mi caso. La condición: tiempo completo. ¿Tengo opción? Por supuesto que no. Es eso o la guillotina.
Seis meses de permiso en el trabajo sin goce de sueldo, de inicio. Casi me matan, pero me apoyan. Mi marido acepta el papel de proveedor fundamental. Tal vez venda mi carro. Volveré a vivir en el D.F., al menos por temporadas. No compraré ropa (ni nada) al menos en un año.
Sólo el látigo, la precariedad, la espada sobre mi cabeza me harán reaccionar. Tengo hasta septiembre de 2006 para terminarla. Parece mucho tiempo, pero mi nueva asesora considera que tengo que rehacer muchas cosas. "Te va a costar", me dijo. No lo dudo.
Por eso no escribía, ustedes comprenderán. No sé qué tanto pueda escribir en estas semanas en las que todavía tengo que ir al trabajo y dejar los menos pendientes posibles, pero en las que a la vez tengo ya que proponer nuevas cosas para el proyecto.

Aún así creo que tengo una suerte de miedo. Yo creo que en la otra vida hice algo muy bueno.
