Pues érase una vez un pequeño cactus, de esos que son como de barrilito, que fue plantado de chiquito en una pequeña maceta y colocado en el quicio de una ventana.
El pequeño cactus estaba muy contento y por tal motivo, cada año daba varios hijitos. Algunos de ellos decidieron independizarse y encontraron lugar en otras macetitas y otros se quedaron a hacerle compañía (y un poco a vivir de él, los muy zánganos).
Pero un buen día (o un buen año, más bien) el ya no tan pequeño cactus pensó que producir hijitos a su imagen y semejanza no era suficiente. Tenía que traer al mundo algo diferente que expresara su gusto por el lugar donde estaba y que justificara – pensaba él – su existencia.
Así, en los albores de cierta primavera, mostró al mundo una pequeña bolita blanca, como “peluda”. Los dueños de la casa donde estaba pensaron que era un hijito más, aunque, eso sí, algo diferente.
Pero con el tiempo se empezaron a dar cuenta que no, que el cactus estaba esforzándose en hacer otra cosa. La pequeña bolita blanca comenzó a alargarse, tomando la forma de una vaina. Después, comenzó a salirle un tallo.
Todavía entonces los dueños de la casa se seguían preguntando si no se trataría de otro tipo de vástago, pero no, porque el tallo y la vaina comenzaron a crecer y crecer, a alargarse y alargarse, separándose cada vez más del cactus que – por otro lado – se veía como si nada.
En algún momento, los dueños de la casa llegaron a la conclusión de que ese palo largo que el cactus había producido debía ser una flor. ¿Pero cómo era que el cactus daba una flor? ¿Por qué ahora? ¿Cómo sería la flor? Así como estaba, larga y cerrada, hasta temían que fuera una planta carnívora. Ya con la curiosidad encima, los dueños acompañaron al cactus en su nueva tarea. Cada día se asomaban a la ventana a ver cómo había cambiado la vaina.
Hasta que un día, al asomarse a la ventana, encontraron a un cactus orgulloso que mostraba a su hija, su primera, única hija, grande, brillante, hermosa. Los dueños quedaron encantados: le tomaron fotos, le contaron de ella a todo el mundo, invitaron a todos a conocerla.
Pero lo bueno... dura poco. Al día siguiente, en el que los familiares se agolpaban en la puerta para ver aquella nueva integrante de la familia, la hermosa florecita comenzó a decaer. “Tal vez le haga falta agua, tal vez le da demasiado el sol” – pensaron los dueños y la movieron de lugar. Pero no, todo parecía indicar que la flor era diferente a su padre y a sus hermanos incluso en su duración. “Flor de cactus, flor de un día”, alguien dijo por allí.
Los dueños de la casa se pusieron tristes y pensaron que ya nunca la volverían a ver. Pero aparentemente el cactus había estado tan orgulloso de su nueva creación, que al siguiente año volvió a repetir la hazaña. Y al siguiente. Y al siguiente. Y en el cuarto año hasta se dio el lujo de dar dos hijas.
Este es su quinto año, y – como en los anteriores – la pequeña bolita ha aparecido en los albores de la primavera.
Como cada año, los dueños se preguntan angustiados si el pequeño cactus lo logrará de nuevo o si todo se quedará en intento. Pero ahora – con la ayuda de una nueva cámara digital – la dueña pretende compartir la angustia con quien pase por aquí. Y, con suerte, podrán conocer a la sexta hija del pequeño cactus, la cual seguramente será como sus hermanas: grande, hermosa, brillante...
