Hoy voy a confesar algo. Algo que para otros puede parecer inaudito, vergonzoso, deprimente, casi enfermo, pero que es una realidad de mi vida:
Soy fan de Arjona.
Sí, sí, con todo y sus tonadas repetitivas y sus rimas simples y facilonas. Con todo y sus temas pirateados y su ahora fama de golpeador.
Lo descubrí un día que arreglaba mi cuarto y los casetes allí existentes, pues encontré entre ellos a 3 de Arjona: el primero (ese de “Mujeres”) que compré yo solita con mis adolescentes manos; el segundo (el de “Historia de un taxi”) que se lo volé a un ex-novio de cuyo nombre no quiero acordarme (no, ese no) y el tercero (el de “Dime que no” y “Desnuda”), que compré pirata en un puestecillo ahí por el metro Chilpancingo. Ah, qué caray, creo que soy fan de Arjona, me dije.
En ese momento pude haber hecho dos cosas:
1. Negarlo todo, tirar los casetes a la basura y comprar uno de Mozart para reivindicarme.
2. Aceptarlo y asumirlo, con toda la vergüenza que eso pudiera implicar.
Y decidí hacer lo segundo. Es más, hasta fui y me compré un cuarto casete, el del concierto en vivo. ¿Por qué negar que me gusta cantar – con la amiga al lado – la de “Realmente no estoy tan solo” a todo pulmón? ¿Por qué esconder que “Quién diría” me trae buenos recuerdos y que me da risa escuchar la de “Buenas noches, Don David”?
Aunque mis conocimientos de música son muuuuy pocos (como ya lo he demostrado ampliamente), creo que la ÚNICA canción que realmente vale la pena del hombre es la de “Tarde (Sin daños a terceros)”. Porque que no me venga a contar a mí que no se fusiló dos-tres ideas de Silvio (“Del otro lado del sol”, por Dios).
Pero me gusta, me gusta, qué le vamos a hacer. Me llamo “Lu” y soy fan de Arjona. Y ya me voy porque me dieron ganas de escuchar la de “Se nos muere el amor” (la versión del concierto, por supuesto).
Soy fan de Arjona.
Sí, sí, con todo y sus tonadas repetitivas y sus rimas simples y facilonas. Con todo y sus temas pirateados y su ahora fama de golpeador.
Lo descubrí un día que arreglaba mi cuarto y los casetes allí existentes, pues encontré entre ellos a 3 de Arjona: el primero (ese de “Mujeres”) que compré yo solita con mis adolescentes manos; el segundo (el de “Historia de un taxi”) que se lo volé a un ex-novio de cuyo nombre no quiero acordarme (no, ese no) y el tercero (el de “Dime que no” y “Desnuda”), que compré pirata en un puestecillo ahí por el metro Chilpancingo. Ah, qué caray, creo que soy fan de Arjona, me dije.
En ese momento pude haber hecho dos cosas:
1. Negarlo todo, tirar los casetes a la basura y comprar uno de Mozart para reivindicarme.
2. Aceptarlo y asumirlo, con toda la vergüenza que eso pudiera implicar.
Y decidí hacer lo segundo. Es más, hasta fui y me compré un cuarto casete, el del concierto en vivo. ¿Por qué negar que me gusta cantar – con la amiga al lado – la de “Realmente no estoy tan solo” a todo pulmón? ¿Por qué esconder que “Quién diría” me trae buenos recuerdos y que me da risa escuchar la de “Buenas noches, Don David”?
Aunque mis conocimientos de música son muuuuy pocos (como ya lo he demostrado ampliamente), creo que la ÚNICA canción que realmente vale la pena del hombre es la de “Tarde (Sin daños a terceros)”. Porque que no me venga a contar a mí que no se fusiló dos-tres ideas de Silvio (“Del otro lado del sol”, por Dios).
Pero me gusta, me gusta, qué le vamos a hacer. Me llamo “Lu” y soy fan de Arjona. Y ya me voy porque me dieron ganas de escuchar la de “Se nos muere el amor” (la versión del concierto, por supuesto).
