Ahora que retomé mi tesis de maestría he estado yendo por temporadas al DF, al lugar dónde cursé dicho posgrado.
A pesar del tiempo transcurrido, las personas que trabajan ahí son más o menos las mismas y nos reconocemos. Bueno, más o menos, porque hay sus diferencias.
Están por ejemplo los “investigadoresbuenaonda”, que se acuerdan de ti, aunque no sepan como te llamas, te saludan y te preguntan por tu vida. Incluso permiten que les platiques de lo que estás haciendo y les hagas preguntas. Con algunos coincidíamos en el comedor a la hora de la comida cuando estaba estudiando, así que la relación era más informal. Otros fueron mis profesores durante algún curso. Otros ni eso. Son aquellos casos raros que, cuando estábamos estudiando, estaban dispuestos a asesorarte aunque no fueras su responsabilidad y que se sentaban con el grupo de alumnos en los convivios.
En otro grupo están los “investigadoresnomemereces”, que por uno u otro motivo ni te pelan si te ven. En honor a la verdad hay algunos despistados, aquellos que hasta tenían su leyenda: “Cuando su hijo era pequeño lo dejó olvidado en la Biblioteca de no sé qué institución”. Pero hay otros que andan por la vida sintiéndose que nada los merece. Algunos, incluso, sí fueron mis maestros, me dieron clases por lo menos un cuatrimestre y de plano ni voltean a verme.
Y en otra categoría aparte están todas las personas que forman parte del personal de apoyo: secretarias, intendentes, auxiliares de biblioteca, vigilantes, encargados de almacén, etc., etc. Ellos no solo te reconocen y te saludan, sino que hasta les da gusto verte y, si pueden, te echan la mano. Gracias a dos secretarias y la recepcionista, por ejemplo, la coordinadora académica y mi ahora asesora me dieron una segunda oportunidad. La señora que se encarga de la comida hasta me hizo mi platillo favorito ahora que anduve por allá. Y eso se agradece mucho.
Pienso que, si tuviera que elegir, preferiría mil veces ser Una Persona como R. o M., que una investigadora como…
A pesar del tiempo transcurrido, las personas que trabajan ahí son más o menos las mismas y nos reconocemos. Bueno, más o menos, porque hay sus diferencias.
Están por ejemplo los “investigadoresbuenaonda”, que se acuerdan de ti, aunque no sepan como te llamas, te saludan y te preguntan por tu vida. Incluso permiten que les platiques de lo que estás haciendo y les hagas preguntas. Con algunos coincidíamos en el comedor a la hora de la comida cuando estaba estudiando, así que la relación era más informal. Otros fueron mis profesores durante algún curso. Otros ni eso. Son aquellos casos raros que, cuando estábamos estudiando, estaban dispuestos a asesorarte aunque no fueras su responsabilidad y que se sentaban con el grupo de alumnos en los convivios.
En otro grupo están los “investigadoresnomemereces”, que por uno u otro motivo ni te pelan si te ven. En honor a la verdad hay algunos despistados, aquellos que hasta tenían su leyenda: “Cuando su hijo era pequeño lo dejó olvidado en la Biblioteca de no sé qué institución”. Pero hay otros que andan por la vida sintiéndose que nada los merece. Algunos, incluso, sí fueron mis maestros, me dieron clases por lo menos un cuatrimestre y de plano ni voltean a verme.
Y en otra categoría aparte están todas las personas que forman parte del personal de apoyo: secretarias, intendentes, auxiliares de biblioteca, vigilantes, encargados de almacén, etc., etc. Ellos no solo te reconocen y te saludan, sino que hasta les da gusto verte y, si pueden, te echan la mano. Gracias a dos secretarias y la recepcionista, por ejemplo, la coordinadora académica y mi ahora asesora me dieron una segunda oportunidad. La señora que se encarga de la comida hasta me hizo mi platillo favorito ahora que anduve por allá. Y eso se agradece mucho.
Pienso que, si tuviera que elegir, preferiría mil veces ser Una Persona como R. o M., que una investigadora como…
