martes, noviembre 21, 2006

INFANCIA ES DESTINO

Para el psicoanálisis clásico, la infancia es el período de la vida que determina a las demás. Las experiencias que tengamos en la infancia, la forma en que resolvamos o no las crisis que se nos presentan, tendrán un impacto indeleble en nuestra personalidad y conducta futuras en todas las áreas de la vida.

A mí en lo particular no me inspira en lo absoluto este principio fatalista, pero tengo dos amigas que juran que dos experiencias en la infancia – ambas mediáticas – influyeron en su vida amorosa.

La primera afirma haber sido de pequeña muy fan de Cepillín. Para aquellos que no lo conozcan (o no lo recuerden), Cepillín era un payaso que salía en la televisión (de hecho era conocido como “el payasito de la tele”), nada más que no era cualquier payaso. No era gordo, sino más bien flaco; no era chaparro, sino más bien alto; no usaba disfraz, sino que se vestía con estilo descuidado; no usaba peluca, sino el cabello largo y medio despeinado. Eso sí, se maquillaba. Era, dice mi amiga, un “payaso hippie”. Y una de las ocasiones en las que se lamentaba de su mala suerte en las relaciones, miró una foto de ella con Cepillín en una fiesta infantil, y entonces lo supo: por su culpa ella elegía hombres payasos y hippies.

Otra amiga lamenta enormemente haber sido seguidora de Candy en la infancia. Candy era una caricatura que trataba sobre una niña huérfana que pasaba por varias vicisitudes dramáticas. En la vida de Candy hubo dos hombres importantes: Anthony, un joven de clase alta, rubio, de delicados modales y que “lloraba al ver crecer una rosa” y Terry, indolente, rebelde y arrogante. Gracias a Candy – dice mi amiga – las mujeres nos quedamos con la idea de que teníamos dos opciones de elección: un hombre “patéticamente” sensible o un patán. Ella, dice, prefirió siempre al patán.









A mí me gustaba el Príncipe Felipe (de la Bella Durmiente) ¿eso significará algo?