jueves, marzo 03, 2005

¿Qué pues con Harvard!

La semana pasada fui a un congreso sobre educación en una de las mejores universidades privadas en México.

El evento estaba organizado fundamentalmente alrededor de talleres que duraban todo el día y sólo una conferencia por la tarde-noche. De manera que la experiencia dependía mucho del taller que uno había elegido.

Yo elegí un taller sobre creatividad, un tema sobre el cual me había visto obligada a reflexionar en los últimos tiempos. El currículum del ponente se veía interesante: arquitecto de origen, con un doctorado en educación en Harvard, profesor-investigador de una universidad pública de gran prestigio y miembro del sistema nacional de investigadores. Además, en la página de internet del congreso venían unos textos escritos por él bastante interesantes y que prometían mucho.

Total que llegué yo a mi taller y desde el primer momento algo estuvo mal. Primero, él dijo que había pensado el evento como “seminario” y no como “taller”. OK, de acuerdo, pero el seminario implica un nivel de discusión a nivel teórico para lo cual uno debe ir más o menos preparado. Y ninguno de los de allí íbamos preparados en lo más absoluto.

Nos pidió que leyéramos por lo menos alguno de los textos lo cual, por mi parte, hice. Y al siguiente día nos pidió que “habláramos”. Algunos soltamos dos o tres preguntas, que se perdieron un poco en la respuesta, y ya. Ni él generaba mayor discusión, ni los demás teníamos mucho más para discutir. ¡Y así se suponía que tenían que pasar 7 horas por día!

Algunas personas se empezaron a quejar con las “auxiliares”, dos chiquillas estudiantes de la universidad que estaban ahí simplemente para apoyo logístico, pero que terminaron asumiendo el taller y proponiendo actividades, mientras el tipo se sentaba en un rincón. Y, digo, las muchachas le echaron ganas y propusieron cosas interesantes, pero yo no viajé 4 horas para tomar un taller con niñas de noveno semestre de licenciatura.

Todavía en un intento desesperado volvimos a hablar con el señor, pidiéndole que por lo menos nos diera alguna conferencia con relación al tema, que de ahí podríamos discutir algo. Y lo intentó, pero como que él ya estaba desanimado y nosotros también.

Al final terminó echándonos la culpa a nosotros por querer “un banquete ya preparado”. Y tal vez sí, pero él también esperaba que lleváramos los ingredientes suficientes para preparar recetas que ignorábamos.

Una de las dinámicas que propusieron las chiquillas fue la de escribir un “poema” con base en un “símbolo” y una palabra elegida al azar. Yo tenía como símbolo un antifaz y mi palabra era “anís” y me salió el siguiente “poema” que creo que expresa muy bien mi estado de desesperanza:

Es como el anís, no lo conozco.
Sé que es un licor, un sabor,
pero no lo conozco..
Tengo un antifaz,
más que antifaz, anti-sentidos:
no lo veo, no lo huelo, no lo siento,
aunque me hablen de él, no lo imagino.
Y entonces siento que me engañan, que no existe...
o seré sólo yo, que no lo entiendo.

En fin, por lo menos vi a Enrique y conocí el ITESO...