En el libro que les comentaba, los menús giran fundamentalmente alrededor de las proteínas y grasas animales. Carne, es lo que se come. Sin embargo, pensando en eso que dicen de las carnes rojas y todo eso, yo decidí combinarlas con otro tipo de carne más “magra” o sin grasa. Incluso hago menús “vegetarianos”. Sí, coman carne. Si tienen mucha hambre se pueden comer una vaca. Pero no lo hagan todos los días. Coman pollo, pavo, pescado, mariscos, hay mucho donde elegir.
Los alimentos se pueden comer cocidos, asados o fritos. Si prefieren, como yo, esta última opción, utilicen aceite de oliva para cocinar. También pueden comprar aceites en aerosol, que lo que permiten es que utilices la mínima, mínima cantidad de aceite necesaria para que las cosas no se peguen al sartén.
Para mis desayunos, los huevos han sido la opción más fácil y deliciosa. Pero el huevo también suele ser muy satanizado. Para evitar problemas, lo que pueden hacer es comerse solo la clara. Una clara de huevo batida y revuelta con jamón, cebolla y chile es muy buena.
Tomen agua simple. El líquido que requiere el cuerpo no puede medirse sólo en café, cerveza, refresco o clight. Se requiere agua simple. No sé si 8 vasos al día, ¿pero qué tal 4?
Hay una dieta baja en carbohidratos que se llama “La zona”. Según esta dieta, lo ideal es que en un plato haya 1/3 parte de carne o proteína animal y 2/3 partes de frutas y/o verduras. Aunque esta dieta es diferente a la que yo estoy haciendo, el principio me ha servido bastante bien. Imagínense en un plato una pechuga de pollo frita, unas berenjenas gratinadas y ensalada de lechuga con jitomate ¡dos pájaros de un tiro! O más bien ¡dos dietas en un solo plato!
Acostúmbrense a leer las tablas nutricionales que traen casi todos los alimentos empacados. Vale la pena estarse un buen rato en el pasillo del pan con tal de encontrar uno de centeno con cebolla, delicioso, que sólo aporta 8 gramos de carbohidratos por rebanada.
Traten de elaborar menús semanales de las comidas que pueden controlar o de todas, si es posible. La planeación de menús semanales permite que al ir al supermercado uno compre sólo lo que necesita y no lo que se te antoje. Además, ahorra tiempo a la hora de cocinar.